La noche de los sueños
El pasado jueves 24 de septiembre se celebró en el Auditorio Nacional de Música de Madrid el concierto solidario Siempre Por Ti, un encuentro en el que artistas con y sin discapacidad compartieron escenario para cantar, bailar, tocar y emocionar.
Hay noches que terminan cuando se apagan las luces. Hay otras que se quedan dentro, instaladas en la memoria, mucho después de que haya sonado la última nota. La del jueves fue una de esas noches.
Esta historia podríamos contarla hablando de un escenario lleno, de una orquesta de sesenta músicos, de artistas conocidos, de presentadores, cantantes y bailarines, de más de 1.400 personas expectantes en sus asientos o de un repertorio capaz de viajar del cine al musical, del pop al rock y de la música sinfónica a la intimidad de una voz y una guitarra.
Pero quizá Siempre Por Ti se entienda mejor de otra manera, a través de sus nombres y de sus sueños.
Siempre Por Ti había nacido precisamente para reunir muchos de esos sueños. Organizado por la Fundación SocialInnolabs, el concierto sumó el trabajo y la participación de Fundación Prodis, Danza Down Compañía Elías Lafuente, Fundación Garrigou, Delfines Siglo XXI, Baloncesto Sin Rasgos, Escuela de Música y Danza Boogie, Salvamúsica y ASPADO. Entidades diferentes, con historias y ámbitos de trabajo distintos, que aquella noche encontraron un lugar común sobre el escenario y alrededor de él: la inclusión a través de la música, la danza, el deporte y la cultura.
Mariano había escrito unas palabras de amor a su hijo. Palabras que un día se convirtieron en canción y que aquella noche crecieron hasta ocupar uno de los grandes escenarios de la música de nuestro país. Cuando comenzaron a sonar los primeros compases de Siempre Por Ti, dejaron de pertenecerle solamente a él. La orquesta las hizo suyas, las voces las llevaron hasta el último rincón del Auditorio y, por unos minutos, aquella historia íntima pasó a formar parte de todos los que estaban allí.
Quizá los sueños sean precisamente eso: algo pequeño y profundamente nuestro que, de repente, encuentra el momento y el lugar para florecer delante de los demás.
José María llevaba toda la noche pendiente de que cada entrada llegara a tiempo. De los músicos, de los solistas, de los cambios. De un programa capaz de saltar de Morricone, interpretado con emoción por Julieta, a Andrew Lloyd Webber, de Piazzolla a Gloria Gaynor, de ABBA a Camilo Sesto.
Dirigir también consiste en escuchar.
José María levantaba las manos y la orquesta se movía como una marea: unas veces poderosa y embravecida; otras, serena y delicada. Decenas de músicos respirando juntos. Durante meses todo aquello habían sido partituras, ensayos, llamadas, horarios, dificultades y decisiones. Esa noche, por fin, fue música y el sueño empezó a ser de todos.
Para Pablo, aquella tarde suponía un reto. Uno más de tantos superados. Había que salir, colocarse frente a aquel mar de rostros desconocidos que miraban atentos hacia el escenario y conducir la gala.
Y lo hizo. Fue maestro de ceremonias junto con Alberto y Fernando, presentó, habló, hizo reír y se dejó querer por un público que muy pronto comprendió que aquella no iba a ser una noche convencional.
Quizá Pablo descubriera algo que, en realidad, ya sabía: que no importa si el escenario es grande cuando eres capaz de llenarlo con el corazón.
A veces un sueño consiste simplemente en volver. Maribel llevaba tres años sin cantar ante el público. Aquella noche volvió a hacerlo. Sonó En un mundo nuevo y, cuando terminó, ocurrió algo que no estaba escrito en ninguna partitura ni programa: el Auditorio se puso en pie emocionado y se fundió en un aplauso interminable, lleno de cariño, que decía «te echábamos de menos».
Julio conocía bien los escenarios, aunque nunca había pisado aquel de aquella manera. Cantó Lienzo pintado de amor acompañado por una gran orquesta, una canción cuya letra habla del profundo amor de una madre por su hija con síndrome de Down. Pero aquella noche había otra historia familiar escondida entre las notas: la partitura que envolvía su voz había sido orquestada por su propio hijo, Paul. Por unos minutos, un escenario enorme se convirtió en un lugar íntimo. Y cuando la orquesta dejó caer las últimas notas, el público respondió de nuevo con un largo aplauso.
Julio regresaría una última vez, ya en el broche final, para poner voz al Himno de la Alegría, de Beethoven, cuando empezaba a resultar difícil saber dónde terminaba el concierto y dónde comenzaba la celebración.
La danza había ido apareciendo a lo largo de la noche como otra forma de contar la música. Los integrantes de Danza Down Compañía Elías Lafuente, bajo la dirección artística de Ana, llevaron sus coreografías a piezas como Cazafantasmas, Gimme Gimme, Cantando bajo la lluvia o La La Land.
Rodrigo era uno de ellos. A veces el movimiento era delicado y preciso; otras, el ritmo pedía energía, libertad y una espontaneidad capaz de transformar la solemnidad del Auditorio en una fiesta inesperada. Rodrigo y sus compañeros no estaban allí para acompañar el espectáculo. Eran parte de él.
Patricia había soñado durante mucho tiempo con compartir su pasión y su voz en un lugar como aquel. A su lado estaba el Coro Ekhia, que ella misma dirige y que sumó sus voces a distintos momentos de la noche. Cuando comenzó a cantar ocurrió algo difícil de describir. Su voz atravesó el Auditorio con una fuerza inesperada. Su interpretación de I Will Survive fue eléctrica, poderosa, emocionante. Durante unos minutos pareció apropiarse de una canción que todos creíamos conocer y convertirla en algo nuevo. Llegó la última nota y durante un instante el silencio quedó suspendido en mitad del Auditorio. Y entonces estallaron los aplausos.
Y no fue la única voz que hizo crecer a la orquesta. Julieta recorrió con ella algunos de los momentos más cinematográficos y enérgicos de la noche; Amanda puso voz a Vivir así es morir de amor; y solistas como Tatiana o Carlos fueron encontrando también su espacio dentro de un programa construido a muchas manos.
Después, en medio de una noche de violines, viento, percusión y fanfarrias, la orquesta calló e Inma se quedó sola en mitad del escenario con su guitarra. Nada más.
Su sueño siempre había sido cantar sus canciones para la gente, llegar hasta quienes la escuchaban, conmover, remover algo por dentro. Y por unos minutos consiguió que el Auditorio Nacional pareciera un lugar pequeño. Cantó La Paloma y Cantos de sirena. Después compartió por primera vez No voy a parar. El público cantó con ella. Dio palmas. Contestó a sus canciones. La acompañó.
Y aquella sencillez, rodeada de tanta espectacularidad, terminó convirtiéndose en uno de los momentos más cercanos de la noche. Porque no todos los sueños necesitan una gran orquesta. A algunos les bastan seis cuerdas y cientos de voces acompañando.
Puede que Beatriz soñara con bailar en el Auditorio Nacional. Lo importante es que, cuando llegó allí, no tuvo que dejar de ser ella para hacerlo. Cuando empezaron a sonar los primeros acordes de La La Land, bailó con su compañero Pablo como si ambos estuviesen dentro de una caja de música, ellos solos. Giraban delicadamente uno alrededor del otro, transmitiendo a todos los que miraban absortos la delicadeza y la ternura de dos bailarines al ritmo de la música.
Tal vez Miki tampoco pudiese explicar qué se siente cuando formas parte de una orquesta y tu ritmo se funde con el de todos, ayudando a hacer crecer ese sonido maravilloso que llenaba el Auditorio y conmovía a la audiencia. Pero sí sabe que siempre ha soñado con ser uno más, sin distancias ni miradas compasivas, tal y como ocurrió el jueves. Su sueño era compartido y se cumplió como el de muchos. Tal vez su sueño fuera ser músico. Aquella noche, simplemente, lo era.
Miki no estaba solo en la percusión. Pablo, Javier y Miguel, compañeros de la Escuela de Música y Danza Boogie, se incorporaron también a algunas piezas junto a los músicos de la Orquesta Concertante de Madrid. Cuatro nombres, cuatro ritmos y una misma sección de percusión, sin actuaciones aparte ni etiquetas sobre el escenario.
Y alrededor de esas historias había muchas más. También estaba el Coro Ekhia, cuyas voces habían acompañado a la orquesta y contribuido a dar otra dimensión a varios momentos del concierto. Estaban los chicos y chicas de Fundación Prodis, de Fundación Garrigou, de ASPADO, de Delfines Siglo XXI o de Baloncesto Sin Rasgos, junto a la Fundación SocialInnolabs, para hacer posible un proyecto que pretendía ir mucho más allá de una sucesión de actuaciones.
Algunos tuvieron un micrófono entre las manos. Otros bailaron, tocaron un instrumento o aparecieron sobre el escenario. Muchos trabajaron fuera de los focos. Pero todos formaban parte de la misma historia.
Después llegó el final, pero nadie parecía tener demasiadas ganas de que llegara.
Y entonces ya estaban todos. Músicos. Cantantes. Bailarines. Presentadores. Artistas. Personas que habían esperado durante meses ese momento y otras que quizá llevaban esperándolo muchos años sin saberlo.
Con los saludos finales, el Auditorio estalló. Una ovación atronadora recibió a todos los artistas reunidos sobre el escenario. Ya no había números individuales, ni camerinos, ni tiempos de espera, ni partituras que pasar.
Solo una multitud en pie, sobre el escenario y frente a él, celebrando lo que acababa de ocurrir.
La gente salió feliz. Se había emocionado, había cantado, había reído, había dado palmas. Había asistido a un concierto y, quizá sin darse cuenta, también a algo más.
Porque podríamos terminar esta crónica explicando quién de todas estas personas tenía discapacidad intelectual. Pero entonces estaríamos contando otra historia.
La noche del jueves nadie salió al escenario a representar su discapacidad ni la ausencia de ella. Salieron presentadores, músicos, cantantes y bailarines.
Unos tenían discapacidad intelectual. Otros no. Durante unas horas no importó a nadie y las miradas cambiaron, algunas para siempre.





